domingo, 8 de agosto de 2010

GÉNEROS PERIODÍSTICOS

LA ENTREVISTA

“La entrevista es la más pública de las conversaciones privadas. Funciona con las reglas del diálogo privado (proximidad, intercambio, exposición discursiva con interrupciones, un tono marcado por la espontaneidad, presencia de lo personal y atmósfera de intimidad), pero está construida para el ámbito de lo público. El sujeto entrevistado sabe que se expone a la opinión de la gente. Por otra parte, no es un diálogo libre con dos sujetos. Es una conversación radial, o sea centrada en uno de los interlocutores, y en la que uno tiene el derecho de preguntar y el otro de ser escuchado”.

(Jorge Halperín. La entrevista Periodística, Capítulo 1)

“Entrevista es una palabra extraña. En el mundo de la prensa y de las comunicaciones de masas significa buscar respuestas confrontándose directamente con una persona. La palabra ya expresa que el acto de entrevistar es recíproco. Los personajes están a la par o aceptan estarlo tanto que del más poderoso de los dos se dice que ‘ha concedido una entrevista’. Los papeles son mudables, si se piensa en lo que un entrevistador revela de sí mismo además del entrevistado, si la grabación es cuidada”.

(Furio Colombo. La entrevista, de su libro Ultimas noticias sobre el periodismo)

Suele considerarse a la entrevista uno de los géneros más ricos del periodismo. Y es verdad. Además de las cuestiones formales –construcción, tipos, estilos, preguntas y repreguntas--, existe una serie de elementos que son plausibles de utilizar para hacer una entrevista cuyo significado puede ser de una profundidad casi inacabable. Y como en todos los aspectos del periodismo, depende muchísimo de quien la hace, es decir, quien tiene el rol de interrogar en el juego acordado, por el entrevistador y el entrevistado, de preguntas/respuestas. En definitiva, de eso se trata: desde el primer momento en que alguien le pide a un personaje una entrevista, los dos actores involucrados están, implícitamente, aceptando el juego.

Conviene, antes de explayarse en el tema, identificar y diferenciar los tres estilos de entrevista que se reconocen a grandes rasgos. Esta categorización responde al momento de transformar la charla en un texto, no antes. Como se verá después, el instante específico del encuentro contiene muchas más variables.

a) Estilo directo: Cuando se transcribe pregunta y respuesta. En este caso, el periodista sólo se limita a escribir sus interrogantes y las correspondientes respuestas del entrevistado, sin agregar ningún material de apoyo. En general, salvo casos excepcionales, el texto de la entrevista va precedido por un copete introductorio que trata de reflejar algún rasgo definido de la personalidad de quien es entrevistado como así también el “color”, el contexto en que fue realizada la conversación. Pero también para ofrecer un panorama de la actualidad del personaje. También con frecuencia se intercalan párrafos que brindan información sobre el o los temas de los cuales se habla o para seguir ofreciendo material de apoyo. Es muy importante lograr una buena introducción, pues en muchos casos, por más renombrada que sea la personalidad, se depende de ella para atrapar al lector. Y además, la primera pregunta debe tener una relación directa con el copete introductorio.

b) Estilo indirecto: Cuando se utiliza el testimonio del entrevistado para insertarlo en medio de un texto sobre él o sobre el tema que le compete. Aquí, el periodista casi escribe una nota, con la diferencia que su fuente es el personaje y la conversación que mantuvieron. En este caso, las citas textuales deben ponerse entre comillas. Este recurso le permite al periodista intercalar observaciones personales sobre el entrevistado, o incluso datos sobre el tema del que habla la entrevista, por lo cual su campo de desarrollo es muy amplio. El redactor, al no estar sujeto a la fórmula pregunta/respuesta, tiene más libertad que en otros casos para agregar también datos biográficos, contar anécdotas del personaje y recordar viejas declaraciones.

Otro dato muy importante es que el estilo indirecto es pariente cercano de la crónica, en tanto contiene sus mismos elementos. Si la intención, y si el perfil del personaje entrevistado se presta para eso, es transcribir la entrevista de manera “literaria”, nada más adecuado que la indirecta.

c) Estilo mixto: Cuando se utilizan los dos recursos mezclados entre sí. Se escribe una crónica intercalando citas textuales pero además se transcriben preguntas y respuestas. Este suele ser el método más rico de los tres, pero a su vez es el más difícil en tanto su buena utilización –sin excesos, sin abundar en detalles y tratando de equilibrar el material transcripto—requiere de una muy buena preparación en todos los aspectos.

Una buena forma de diferenciar un estilo del otro, es tomar en cuenta para qué momento sirve mejor cada uno. Si la entrevista requiere formalidad, por el tipo de personaje entrevistado, por el tema tratado, conviene que la transcripción se haga en estilo directo. Pero hay más: casi nunca deben escribirse las preguntas voseando al entrevistado, sino tratándolo de usted. Por más que en el momento en que se realizó el trato fue cordial y se tutearon, al momento de escribir se debe cambiar.

Esto responde a un principio casi elemental: Si el periodista demuestra cierta distancia con la celebridad, el artículo resultará mucho más creíble; por el contrario, si el lector percibe un trato amistoso que refleja una relación de conocimiento previa al momento de la entrevista, podrá pensar –con todo derecho por cierto—que lo que lee no refleja la verdad. Bien puede que las preguntas hayan estado acordadas de antemano o bien puede que el entrevistado le haya solicitado a “su amigo” hablar de algún tema en especial.

El estilo indirecto, en cambio, se suele utilizar cuando la entrevista requiere (puede hacerse aunque no lo requiera, pero con sumo cuidado) más informalidad, también por el tipo de entrevistado o por el tema conversado. Este recurso necesita de una buena narrativa, es decir, tanto de facilidad de palabras como de buen manejo del idioma. A diferencia del directo, el estilo indirecto le exige mucho más, desde la escritura, al periodista.

En el caso del estilo mixto, es casi la misma cosa que en el indirecto. Sólo que la calidad narrativa debe ser aún mayor, en tanto además de contar se deben intercalar preguntas en el estilo directo, por lo que es muy importante tener presente el eje de la charla. Cuando se escribe así, se corre el riesgo de perderse o, peor todavía, desconcertar al lector con una pregunta que aparece de improviso sin tener demasiado que ver con el tema que se está hablando.

En cualquiera de los casos, no hay que dejar de lado una premisa fundamental para lograr que una entrevista sea buena: El periodista nunca es la estrella, sino el entrevistado. No hay que olvidarse que, después de todo, el género intenta mostrar una historia contada –y desde su punto de vista—por sus protagonistas.

La repregunta

Repreguntar es –como el término, con obviedad, lo indica-- preguntar a partir de una respuesta a una pregunta anterior, y es uno de los elementos más contundentes y más exquisitos de la entrevista. Una buena entrevista en general contiene muy buenas repreguntas; es casi imposible lograrla sin ellas.

La mejor receta para generar buenas repreguntas es estar muy atento a las respuestas del entrevistado. Esto es, escuchar con atención, pensando en el significado de lo que dice el personaje (aunque –claro—no se debe mirarlo muy fijamente; esto pone incómodo a cualquiera y además no es sinónimo de concentración). Pero además, entender el significado de las respuestas no es la misma cosa que entender el significado de las palabras, por muchas razones: un término tiene un significado (o varios), en eso estamos todos de acuerdo; pero las frases y las opiniones están –a la vez que cargadas de subjetividad, como es lógico—condicionadas por el contexto, el tema del cual se está hablando e incluso la entonación que se le da a esas palabras. Y esto no tiene que ver con vocablos con y sin acentos, sino con “estudiar” bien al entrevistado mientras habla. Si un funcionario habla sobre su gestión con tranquilidad, aplomo y seguridad, transmite una imagen completamente distinta a la que reflejará el mismo funcionario si habla nervioso, inquieto y se muestra apurado por terminar la entrevista cuanto antes.

Muchas veces, las actitudes, gestos y demás “cuentan” bastante más que las palabras; el problema para el periodista es cómo transmitirlo, en tanto el lector eso no lo ve ni lo oye. Si la sensación es muy importante y hace a la entrevista, existe el recurso de los paréntesis. Ejemplo con el mismo funcionario:

Pregunta: --¿Es cierto que usted dijo una vez que el ministro de economía era un corrupto?

Respuesta: (Piensa unos cuantos segundos) --No lo dije precisamente así.

En este caso, el paréntesis viene a cuento: la demora en una respuesta semejante indica que dudó antes de formularla. Ergo: no estaba seguro de lo que iba a decir. Por supuesto, es una actitud por demás destacable, en tanto si no hubiera dicho lo que el periodista le atribuye hubiese contestado rápidamente y con firmeza (lo que se llama “respuesta por omisión”, es decir cuando lo que calla es más elocuente que lo que dice). El mismo recurso se puede utilizar en casos de sonrisas, gestos muy precisos, gestos de referencia (tamaño, lejanía), etcétera. Obvio: como todo recurso, debe usarse adecuadamente y no abusar de él. En cuanto a la repregunta (para volver al origen del breve coloquio), un periodista sagaz le diría:

P: --¿Por qué dudó antes de contestar?

Es importante que el periodista tenga en claro que siempre, absolutamente en todos los casos, al entrevistado se lo debe tratar con respeto (aun cuando eso no es sinónimo de condescendencia). Si el entrevistador está convencido de que la persona que tiene frente a sí es un canalla que merece ser descubierto, deberá encontrar la forma de hacerlo dentro de las reglas de la entrevista, sin acusar ni tampoco prejuzgar, ni siquiera cuando se tengan las certezas del caso. Su arma es la posibilidad de preguntar y repreguntar, no más que eso.

ALGUNAS (OTRAS) CONSIDERACIONES ACERCA DE LA ENTREVISTA

El off the record

El off the record (fuera de la grabación) es, según definiciones de experimentados periodistas, la parte anónima de la entrevista. Se le llama así a los datos que una persona cuenta con la condición de que se no se publique su nombre. Esta es la famosa “preservación de la fuente”. Y constituye una parte muy importante de toda entrevista, tanto la que se realiza a un personaje para ser publicada como tal como la que se hace con un personaje en busca de información.

El recurso parte de un acuerdo previo entre los dos actores, entrevistador y entrevistado. Es muy frecuente que un personaje público acceda a contar un hecho o a brindar datos siempre y cuando el periodista acceda a no revelar su identidad. En general, quien da esa información tiene algún interés particular en que se publique. El riesgo es cuando no está claro el tema entre los dos y entonces se producen malos entendidos, que hasta pueden derivar en una acusación legal en contra del periodista. Conviene que antes de empezar a hablar sobre el tema, ambos estén de acuerdo en las condiciones en que lo están haciendo.

Por supuesto, también hay ciertos “trucos” que siempre es bueno tener escondidos, aunque en este punto el riesgo corre por cuenta exclusiva del periodista. Frente a un entrevistado reacio a contar cosas abiertamente –pero dispuesto a hacerlo de todos modos—el entrevistador deberá intentar llevarlo despacio hacia la información que espera. Si por la naturaleza de los datos obtenidos resulta importante que el nombre de la fuente aparezca publicado, se le podrá preguntar si eso es posible, pero sólo una vez que ya lo haya contado.

El asunto es saber manejarlo. Hay ocasiones en que el off the record resulta imprescindible en tanto no sólo acompaña la información on the record, sino que otorga los datos necesarios para que esa información esté completa. Pero no hay que abusar de él y hay que saber seleccionar muy bien qué sirve de todo aquello que se escuchó. Es común que el entrevistador reciba una serie de datos relevantes pero que no tienen conexión entre sí ni tampoco hacen a la cuestión conversada. En esos casos, si bien no se debe desechar esa “otra” información, sí hay que saber tamizarla, pasarla por el filtro del tema del momento. De todos modos, siempre habrá ocasión para explotar esa información anexa cuando se trabaje con otros temas.

La ética también juega un papel fundamental en el manejo del off the record. Cuando un personaje público de cualquier ámbito –artista de la televisión, político, deportista, etc.—empieza a dar sus primeros pasos en el “mundo de los famosos” todavía no está acostumbrado a las entrevistas (no sólo al periodista le lleva un tiempo llevarse bien con ellas), por lo cual, para un entrevistador experimentado, puede resultar relativamente fácil hacerlo “caer” en alguna trampa. Si bien esto no es conveniente desde el punto de vista profesional porque así el periodista pierde credibilidad –su arma más poderosa--, la tentación a veces puede ser más fuerte.

Lo mismo sucede cuando se tiene una charla informal con algún personaje, algo que es habitual dentro de la profesión. Si la información se da a partir de una charla entre gente conocida, se debe respetar. Esto no quiere decir que esa información no se pueda publicar, sino que, como en el caso anterior, se debe respetar la identidad de la fuente o, como otra alternativa, llamarlo para confirmar si esos datos puede –o quiere—decirlos públicamente.

A la hora de transformar una charla en texto

Como todo texto periodístico –como todo texto en realidad—una entrevista debe ser pulida y corregida cuando se escribe. En el caso puntual de la transcripción de una conversación, esto significa que se pueden modificar algunas palabras y algunas frases con el fin de lograr un escrito claro, legible y bien redactado con el cual el lector se sienta cómodo. Cuando todos nosotros hablamos solemos repetir la misma palabra dos o tres veces en tres frases y solemos hacer malas construcciones de frases. Por lo tanto, el periodista debe permitirse modificar un poco el lenguaje original de la entrevista. Lo importante es que el cambio no modifique el contenido ni la intencionalidad de lo dicho.

También está profesionalmente aceptado el cambio de orden de la entrevista. Si así lo requiere, el texto podrá alterar el tiempo real en que se desarrolló la charla para, por ejemplo, establecer un orden cronológico en el tema hablado. Es común que las primeras preguntas del periodista al entrevistado versen sobre temas irrelevantes, a fin de ir “entrando en clima” poco a poco. Por ejemplo, al llegar y ya con el grabador activado, el entrevistador hace alusión a una situación global que por esos días está en las primeras planas de todos los medios. Luego empieza a preguntar del tema que le interesa mientras el personaje se va soltando, hasta que se llega al punto clave, que es cuando se logran las declaraciones interesantes. Pero a la hora de escribirlo, el periodista sabe que al lector no le interesa todo ese “juego” previo sino el motivo por el cual el personaje fue entrevistado. Entonces opta por empezar por lo que fue, en realidad, la mitad de la conversación.

Por otro lado, la cuestión del espacio disponible también juega un papel fundamental. Lo más corriente es que cuando el periodista tiene todo el material de la entrevista desgrabado se encuentre con una cantidad desmesurada de texto. Entonces deberá, mal que le pese, empezar a achicarlo. Primero, por todo ese devaneo que a nadie, ni siquiera a él mismo, le interesa. Luego, un buen método es ir seleccionando por temas, de modo que al momento de un brusco recorte se elimine todo lo que tenga que ver con el tema desechado.

El background

El background (término inglés que en una de sus acepciones significa “antecedentes”) es el trabajo previo a la entrevista, y es fundamental para realizar un buen trabajo, en tanto le da al periodista conocimientos sobre el personaje.

Básicamente se trata de la lectura de material de archivo[1] mediante la cual se recaba información sobre el personaje. Esto está íntimamente ligado al cuestionario con el que trabaja el entrevistador. En el caso de ir a ver a algún personaje para hablar de un tema específico, es decir, para conseguir su testimonio sobre un hecho de mucha trascendencia, conviene leer material sobre ese tema. Si en cambio la entrevista es a laq persona, el archivo deberá ser el de ella.

En este punto, es común que el periodista, cuando empieza a ejercer su profesión, sienta que ya no le puede preguntar nada porque todo le ha sido preguntado y correspondientemente respondido por el entrevistado. Esto no sólo no es así, sino que es importante tener en cuenta que la lectura de archivo enriquece mucho las conversaciones. Es igual que cuando dos amigos se juntan para hablar de cualquier tema: si saben bastante de él, la charla resultará gratificante para ambos; si ninguno de los dos sabe nada, resultará un diálogo de sordos. Pero lo peor que puede suceder es que uno sepa mucho y el otro poco y nada. En una entrevista, quien va a correr con desventaja es siempre el entrevistador; el entrevistado sabe, por eso se le va a hacer una entrevista. A nadie se le ocurriría entrevistar a un carpintero para hablar de boxeo. Y en esto también va la credibilidad y la reputación que un periodista obtiene a lo largo de su carrera.

Por supuesto, a la hora de cotejar el archivo el entrevistador debe saber seleccionar el material y no dejarse llevar por un desbordado entusiasmo; las entrevistas, como todo en la vida, tienen un tiempo de duración que no conviene exceder más allá del límite de tolerancia y disposición del entrevistado.

En cuanto al famoso cuestionario, hay dos tendencias marcadas dentro del periodismo: 1) Asistir a la entrevista con una serie de preguntas armadas, escritas en un papel para no olvidarlas; 2) Saber del tema y del personaje, tener una idea en la cabeza pero dejar que la charla lo vaya llevando. Como ninguna de las dos –como nada en la profesión—es una fórmula exacta, conviene que cada cual utilice la que le quede más a gusto, aunque sí conviene marcar las ventajas y desventajas de cada una.

1) Ventajas: No se corre el riesgo de olvidarse de alguna pregunta importante.

Desventajas: Siempre queda mal leer frente al entrevistado, es síntoma de inseguridad y desconocimiento; se ciñe tanto uno a las preguntas ya redactadas que corre el riesgo de no hacer repreguntas, casi el elemento principal de la entrevista periodística; por pensar en la pregunta que viene no se le presta atención a la respuesta del entrevistado al interrogante formulado.

2) Ventajas: Es muy probable que, si bien siempre respetando la convención de pregunta/respuesta, la entrevista tome más forma de charla, lo cual la enriquece mucho más; es mucho más fácil hacer repreguntas; se está más atento a las palabras del entrevistado; el entrevistador se permite el asombro, lo cual siempre otorga nuevos puntos de vista.

Desventajas: Se corre el riesgo de olvidarse de preguntas importantes; si el periodista no tiene bien el claro los temas de los cuales quiere hablar, puede suceder que el entrevistado lo lleve a los temas que le convienen o de los cuales tiene ganas de hablar.

Las preguntas “inventadas”

Una vez que la entrevista está concluida, es frecuente que el periodista se encuentre con respuestas demasiado largas cuyo contenido, sin embargo, es por demás interesante. Es en estos casos cuando se debe recordar al destinatario del trabajo: el lector, y ponerse en su lugar. De esa manera, se entenderá rápidamente la inconveniencia de transcribir la respuesta larga.

¿Qué hacer entonces? Aquí es cuando se puede utilizar la llamada “pregunta bisagra”. Esto es, el agregado de un interrogante que no fue formulado durante la entrevista pero que sirve como puente para que el párrafo no “ahogue” al lector. Si toda la respuesta es interesante, conviene cortarla en dos o tres partes y agregar preguntas en el medio. Por supuesto, se debe ser muy cuidadoso con este recurso y utilizarlo sin abusar. Además, como el periodista con su grabación es finalmente quien la arma, se corre el riesgo de agregar tantas preguntas no formuladas durante la conversación que puede resultar evidente. Por otra parte, esto no está permitido –mejor dicho, está reñido con la ética—si lo que se busca es cambiar una pregunta para modificar, a su vez, el contenido de la respuesta. Y esto está relacionado con algo dicho antes: nunca, bajo ningún punto de vista, los cambios deben modificar el contenido y el sentido de una declaración. Se pueden agregar preguntas, se pueden agregar puntos y comas, se puede cortar (de hecho todo esto es parte de la edición de una entrevista); pero nunca se puede obrar de mala fe. Si el entrevistador considera que hay puntos en los que no está de acuerdo, o piensa simplemente que el entrevistado es un sinvergüenza que merece ser descubierto y quiere transmitirlo a sus lectores, tiene el momento de la entrevista para hacerlo. Utilizar el testimonio logrado para acomodarlo a los intereses personales es propio de un mentiroso. Y a todos los mentirosos, el tiempo los descubre.

PERFIL DE LOS ENTREVISTADOS

En su libro Periodismo actual, guía para la acción, el periodista y docente Nerio Tello elabora una breve pero eficaz tipología de los entrevistados que vale la pena transcribir.

El tímido: “¿Qué me va a preguntar?” empieza diciendo. Inseguro, habla bajito. Se comporta como si la persona que tiene enfrente (el periodista) fuera alguien muy importante (¡qué iluso!). Hay que otorgarle confianza, tranquilizarlo.

El arrogante: Lo sabe todo, hace muecas ante preguntas que considera tontas, mira el reloj con fastidio, no ofrece café, habla por teléfono. Hay que demostrarle conocimiento.

El verborrágico: Habla antes de que se le pregunte, toma los caminos secundarios, gasta inútilmente metros de cita magnetofónica (¡qué palabra vieja!). Hay que traerlo y traerlo al tema en cuestión.

El seductor: No dice nada importante pero siempre sonríe. Ofrece café, le pregunta al periodista por su familia, se preocupa por la foto que publicarán. Hay que terminar rápido e irse.

El desconfiado: Contesta lo justo. Ojea lo que anota el periodista; está tenso, a la defensiva. Pregunta si puede leer la nota antes de publicarla. Hay que ser amable para que adquiera confianza y hay que contestarle que no (a lo último).

El seguro: Contesta lo que se le pregunta, confía en él y en el periodista. Generalmente al desgrabar se puede transcribir textualmente la nota. Hay que darle las gracias.



[1] El archivo es uno de los materiales más valiosos con los que cuenta el periodismo, aunque por supuesto la consulta implica un trabajo que no todos se toman. En todas las redacciones existe un archivo cuya clasificación es casi siempre igual: por temas, por personas y por periodistas. Y se suelen utilizar dos métodos. Uno por sobre; todos los recortes sobre un mismo tema o sobre un mismo personaje publicados en cualquier medio gráfico están en el mismo sobre, para que el periodista lo solicite y tenga, así, toda la información que necesita, junta. Desde hace unos años, también se utiliza el archivo en computadora; a grandes rasgos funciona de la misma manera –los temas y los personajes agrupados en un solo lugar—pero en lugar de contar con el papel se visualizan las notas en pantalla. Este último sistema está cobrando cada vez mayor importancia, en tanto –siempre y cuando se cuente con un buen sistema informático—agiliza mucho la búsqueda de material.

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